Mi año de descanso y relajación

Mi año de descanso y relajación

Ottessa Moshfegh

Seguí con los ojos cerrados. Reva no paró ni un momento, repitió la historia seis o siete veces, en cada versión destacaba un aspecto nuevo de la experiencia y lo analizaba en consecuencia. Intenté desligarme de las palabras y escuchar solo el sonsonete de su voz. Tuve que admitir que era un consuelo tener allí a Reva. Me sentaba igual de bien que una película de vídeo. La cadencia de su discurso me resultaba tan conocida y predecible como el sonido de cualquier película que hubiese visto cien veces. Por eso me llevaba aferrando a ella tanto tiempo, pensé allí tumbada, sin escucharla. Desde que la conocía, el sonsonete de las descripciones interminables sobre sus proyecciones románticas delirantes se había convertido en una especie de arrullo. Reva atraía mi angustia como un imán, la succionaba. Me convertía en un monje budista zen cuando la tenía cerca. Estaba por encima del miedo, del deseo, por encima de cualquier preocupación mundana en general. En su compañía, podía vivir el presente.