El telégrafo llevó a cabo un ataque a tres bandas sobre la definición tipográfica del discurso, introduciendo a gran escala la irrelevancia, la impotencia y la incoherencia. Estos demonios del discurso surgieron debido a que el telégrafo dio una forma de legitimidad a la idea de la información libre de su contexto; esto es, a la idea de que el valor de la información no necesitaba estar sujeto a ninguna función que pudiera ser útil en la acción y en la toma de decisiones sociales y políticas, sino que podía estar meramente ligado a su novedad, al interés y a la curiosidad. El telégrafo convirtió la información en un producto de consumo, una «cosa» que se podía comprar o vender sin tener en cuenta sus usos o su significado.
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No pasó mucho tiempo hasta que la fortuna de los periódicos comenzó a depender no de la calidad o utilidad de las noticias que daban, sino de la cantidad, la distancia y la velocidad. James Bennett, del New York Herald, se jactó de que en la primera semana de 1848, su diario reprodujo 79.000 palabras de contenido telegráfico, aunque no aclaró de cuánta relevancia eran para sus lectores. Sólo cuatro años después de que Morse inaugurara la primera línea telegráfica del país, el 24 de mayo de 1844, se fundó la Associated Press, y noticias de cualquier parte, no dirigidas a nadie en particular, comenzaron a atravesar el país en todas las direcciones. Guerras, crímenes, accidentes, incendios e inundaciones se convirtieron en el contenido de lo que la gente denominó «las noticias del día».
Tal como supuso Thoreau, la telegrafía otorgó relevancia a lo que no la tenía. El abundante flujo de información tenía muy poco o nada que ver con aquéllos a los que iba dirigida; es decir, con cualquier contexto social o intelectual en el cual sus vidas estuviesen implicadas. La famosa frase de Coleridge sobre agua en todas partes y ni una gota para beber puede servir como metáfora de un entorno de información descontextualizada: en un mar de información había poca que fuera de utilidad. Un hombre en Maine y otro en Texas podían conversar, pero no sobre algo que ambos conocieran o les preocupara. Puede que el telégrafo transformara el país en «un vecindario», pero en un vecindario peculiar, poblado por gente que sólo conocía los hechos más superficiales de cada uno.
Puesto que hoy en día vivimos en un vecindario así (algunas veces denominado «aldea global»), se puede captar el sentido de lo que queremos decir al hablar de una información fuera de contexto, planteándonos la pregunta siguiente: ¿Con cuánta frecuencia ocurre que la información que recibimos por la mañana, sea por la radio, la televisión o la prensa, nos obliga a cambiar nuestros planes del día, o a hacer algo que de otra manera no hubiéramos hecho, o nos aporta alguna percepción sobre cierto problema que tenemos que resolver? Para la mayoría de nosotros, las noticias sobre el tiempo algunas veces tendrán tales consecuencias; para los inversores, las noticias sobre la bolsa; quizá algún relato sobre un crimen, si por casualidad el mismo ha ocurrido cerca de donde vivimos o afectado a alguien que conocemos. Pero la mayoría de las noticias que recibimos diariamente son inertes, consisten en información que nos proporciona algo de lo que hablar pero que no nos conduce a ninguna acción significativa. Este hecho es el legado principal del telégrafo: al generar en forma abundante información irrelevante, alteró dramáticamente lo que podríamos llamar la «relación información-acción».
En las culturas tanto orales como tipográficas, la información deriva su importancia de las posibilidades de acción. Obviamente, en cualquier entorno de comunicación, la entrada, o sea aquello sobre lo cual uno es informado, siempre excede la salida, es decir, las posibilidades de acción basadas en la información. Pero la situación creada por la telegrafía y luego exacerbada por las tecnologías posteriores convirtió la relación entre información y acción en abstracta y remota. Por primera vez en la historia de la humanidad, la gente se enfrentó con el problema del exceso de información, lo que significó, simultáneamente, enfrentarse con el problema de un potencial social y político disminuido.
Es posible tener una idea de lo que esto significa planteando otra serie de preguntas, a saber: ¿Qué medidas se piensan adoptar para reducir el conflicto en Oriente Medio? ¿O los niveles de inflación, de crimen y de desempleo? ¿Cuáles son los planes para preservar el medio ambiente o reducir el riesgo de una guerra nuclear? ¿Qué se piensa hacer en cuanto a la Acción Afirmativa, la OTAN, la OPEP y la CIA, y el monstruoso tratamiento que reciben los Baha’is en Irán? Me tomaré la libertad de responder por vosotros: no pensáis hacer nada al respecto. Por cierto, se podrá votar a favor de alguien que anuncie tener algunos planes, como también el poder para actuar. Pero esto sólo puede hacerse cada dos o cuatro años, dedicándole una hora, un medio poco satisfactorio de expresar el amplio espectro de opiniones que uno sostiene. Podemos decir que el votar es el penúltimo refugio de la impotencia política. Obviamente, el último refugio es dar vuestra opinión a un encuestador, que obtendrá una versión de la misma por medio de una pregunta desecada, y luego la sumergirá en una catarata de opiniones similares, convirtiéndola en —¿qué si no?— otra noticia. De ahí que aquí nos encontremos impotentes ante un gran lazo que nos atrapa: las noticias obtendrán una variedad de opiniones respecto de las cuales no es posible hacer nada, excepto ofrecerlas como noticia sobre la cual tampoco es posible hacer nada.